Llovía. Mucho. Pero no como cuando llueve un día de pleno
invierno en el que la lluvia forma parte de la rutina. O como un día en el que,
sin necesidad de mirar el parte meteorológico, sabes que la lluvia va a venir,
que ya estaba tardando demasiado. No. Llovía como cuando entras en un
supermercado y al salir está cayendo una tromba de agua, como cuando te quedas
atrapado en un soportal esperando que amaine el temporal. Como una tormenta en pleno verano. No era una lluvia
esperada, no le tocaba venir. Ni siquiera ella se la esperaba.
Esa mañana sonó el teléfono. Con las persianas bajadas, los
ojos pegados y a tientas por una habitación que olía a preocupaciones y alcohol,
buscó el teléfono entre tanto orden desordenado, y lo descolgó. La voz dormida
de ella se contrapuso al tono firme y claro de él. No hizo falta una larga
conversación, ya se conocían demasiado. Simplemente bastaron unos minutos para
que las pocas ideas ordenadas que quedaban en su cabeza entraran en el caos más
profundo. Para que, por un momento, el mundo se detuviera. Sólo unos minutos.
Entonces el teléfono cayó al suelo. Y comenzó a llover. Llovía mucho.

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