jueves, 3 de enero de 2013

Un día más, un día menos.


Cada día que pasa es un día más, o un día menos. Procura que tus días sean de los primeros, procura que siempre sumen algo nuevo a tu vida. Odio esa gente que subraya en el calendario días importantes (¡como si el resto no lo fueran!) y se los ponen como meta, como si llegar a ese día fuese la recompensa de un montón de días de esfuerzo por sobrevivir, de pasar por la vida, de estar simplemente en ella: fin de exámenes, vacaciones, cumpleaños, fiestas… Que no, señores, que la vida no se limita a un puñado de días buenos repartidos entre un montón de días inútiles, tirados a la basura. Que la vida es mucho más.

No permitas que los días se conviertan en el rutinario camino de casa al trabajo o del trabajo a casa, o en el de vuelta tras un viaje. No. Disfrutar de cada día, vivir cada día, sentir cada día como si fuera una nueva oportunidad que se nos concede cada 24 horas, esa es la idea. Aprovecha cada una de las oportunidades, cada nuevo día, porque quizá haya un momento en el que la vida deje de dártelas…y ninguno queremos morir en un aburrido trayecto de vuelta a casa.

viernes, 2 de noviembre de 2012

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"Que esperaba un tren que no llegaba, que tan siquiera sabía si pasaba.
Que no tenía billete, que ni le importaba".


El poder de un momento.


Si hay algo que tengo claro es que jamás me he vuelto a sentir como aquel día. Que no he vuelto a ser la misma desde entonces. Que no. Que me intento engañar con falsas apariencias, autoconvencer de que estoy aquí, que no me he ido; pero la verdad es que desde ese instante mis principios y mis valores se descolocaron. Que me descolocaste. Que sí.

Y sin embargo, aquel día me sentí más yo que nunca. Me sentí capaz de todo y más, dije adiós a esa parte de mí que siempre me entorpece en todo lo que hago, esa parte que nos sobra, que nos ciega. Que os juro que era yo misma…sin miedos, sin excusas.

No sé cómo cambió todo, apenas me di cuenta, pero cuando miras atrás y no reconoces, ni tan siquiera asocias, a aquella chica que te mira desde hace solo unos meses atrás, te das cuenta que sí que has cambiado. Que esa de entonces no eras tú, o quizá no lo seas ahora.

Porque hubo un antes que se soportaba, un durante que lo trastocó todo, y un después…un después que se hace imposible.

sábado, 29 de septiembre de 2012

Llovía.


Llovía. Mucho. Pero no como cuando llueve un día de pleno invierno en el que la lluvia forma parte de la rutina. O como un día en el que, sin necesidad de mirar el parte meteorológico, sabes que la lluvia va a venir, que ya estaba tardando demasiado. No. Llovía como cuando entras en un supermercado y al salir está cayendo una tromba de agua, como cuando te quedas atrapado en un soportal esperando que amaine el temporal. Como una tormenta en pleno verano. No era una lluvia esperada, no le tocaba venir. Ni siquiera ella se la esperaba.

Esa mañana sonó el teléfono. Con las persianas bajadas, los ojos pegados y a tientas por una habitación que olía a preocupaciones y alcohol, buscó el teléfono entre tanto orden desordenado, y lo descolgó. La voz dormida de ella se contrapuso al tono firme y claro de él. No hizo falta una larga conversación, ya se conocían demasiado. Simplemente bastaron unos minutos para que las pocas ideas ordenadas que quedaban en su cabeza entraran en el caos más profundo. Para que, por un momento, el mundo se detuviera. Sólo unos minutos.

Entonces el teléfono cayó al suelo. Y comenzó a llover. Llovía mucho.



martes, 17 de julio de 2012

Efímera felicidad.


Felicidad. Meta por antonomasia de todas y cada una de las personas de este mundo, o al menos eso creemos. La idea de felicidad, que debería ser individual y propia, se ha estandarizado. Se han creado unos “patrones de felicidad”, el qué debemos tener o hacer para poder alcanzar esa ansiada meta. Formar una familia, conseguir un buen trabajo, comprar una buena casa, llevar a tus hijos a un buen colegio,  y un sinfín de objetivos propuestos incluso antes de que nuestro viaje comience.
 “La vida es aquello que pasa, mientras nos empeñamos en hacer planes”, John Lennon.

Pues sí, planeamos hasta el último detalle de cómo será nuestra vida, de qué queremos, o creemos, que nos hará felices. Y ahí está el problema.

La vida es transcurso de tiempo, es una línea que tiene principio y final. Si nos la pasamos pensando en llegar a una meta, a un punto de esa línea concreto, a aquel donde creemos estará la verdadera felicidad, nos perdemos el trayecto. Ansiamos tanto llegar a ese momento, que nos olvidamos de lo bello del presente, pues lo vemos simplemente como un camino, un esfuerzo que hay que hacer para conseguir nuestra meta. Estudiamos, con el objetivo de encontrar un buen trabajo. Trabajamos, con el fin de obtener estabilidad económica que permita tener una buena vida. Cuando nos damos cuenta, se ha esfumado más de la mitad de nuestra vida y lo único que hemos hecho ha sido intentar convertirnos en quien queríamos desde un principio ser, olvidando quien realmente somos.

Y quizá, cuando echemos la vista atrás, sea demasiado tarde. Quizá tan solo nos queden un montón de recuerdos emborronados de los que no hemos disfrutado, y un presente que está a años luz de aquello que considerábamos felicidad.







domingo, 5 de febrero de 2012

El tiempo.




El tiempo. Sí, ese elemento alrededor del cual gira toda nuestra vida. Nos pasamos la vida pensando en él, en qué haremos cuando llegue el verano, qué viajes haremos, o simplemente el  qué va a ser de nosotros dentro de unos años, al acabar la carrera.
Sin embargo, cuando somos pequeños el tiempo pasa rápido, ligero, sin más preocupación que la aparición de alguna rozadura en una rodilla o un codo, que tan siquiera nos hacen replantearnos el cambiar de juego. Y es que cuando se es pequeño las consecuencias de nuestros actos toman un papel secundario, forman parte del juego y se asumen como tal. Un niño se cae una y mil veces, pero no por eso decide dejar de jugar. A ello se une la seguridad de que después de cada caída siempre estará papá y mamá para curarla y después darnos un beso.  
Me gustaría volver a ese momento, me gustaría no preocuparme por nada, no pensar en las consecuencias, hacer lo que me apetezca y, si sale mal, levantar, sacudir el polvo y seguir adelante. Y si en algún momento no puedo más, saber que habrá una persona que siempre estará ahí. No para evitar que me caiga, tampoco es que quiera eso, pues si tengo que equivocarme quiero hacerlo, sino para ayudarme a levantar y seguir adelante por mí misma. Alguien que me dé el empujón necesario en el momento necesario, cuando mi mente ya no responda. 
 Sinceramente, creo que el tiempo, y el paso de éste, está sobrevalorado hoy día. Vivimos ansiosos pensando en el mañana y angustiados recordando el pasado, cuando los mejores momentos están ahí, en ese presente que hoy día se ve tan ignorado.