"Que esperaba un tren que no llegaba, que tan siquiera sabía si pasaba.
Que no tenía billete, que ni le importaba".
viernes, 2 de noviembre de 2012
El poder de un momento.
Si hay algo que tengo claro es que jamás me he vuelto a
sentir como aquel día. Que no he vuelto a ser la misma desde entonces. Que no.
Que me intento engañar con falsas apariencias, autoconvencer de que estoy aquí,
que no me he ido; pero la verdad es que desde ese instante mis principios y mis
valores se descolocaron. Que me descolocaste. Que sí.
Y sin embargo, aquel día me sentí más yo que
nunca. Me sentí capaz de todo y más, dije adiós a esa parte de mí que siempre
me entorpece en todo lo que hago, esa parte que nos sobra, que nos ciega. Que
os juro que era yo misma…sin miedos, sin excusas.
No sé cómo cambió todo, apenas me di cuenta, pero cuando
miras atrás y no reconoces, ni tan siquiera asocias, a aquella chica que te
mira desde hace solo unos meses atrás, te das cuenta que sí que has cambiado. Que
esa de entonces no eras tú, o quizá no lo seas ahora.
Porque hubo un antes que se soportaba, un durante que lo
trastocó todo, y un después…un después que se hace imposible.
sábado, 29 de septiembre de 2012
Llovía.
Llovía. Mucho. Pero no como cuando llueve un día de pleno
invierno en el que la lluvia forma parte de la rutina. O como un día en el que,
sin necesidad de mirar el parte meteorológico, sabes que la lluvia va a venir,
que ya estaba tardando demasiado. No. Llovía como cuando entras en un
supermercado y al salir está cayendo una tromba de agua, como cuando te quedas
atrapado en un soportal esperando que amaine el temporal. Como una tormenta en pleno verano. No era una lluvia
esperada, no le tocaba venir. Ni siquiera ella se la esperaba.
Esa mañana sonó el teléfono. Con las persianas bajadas, los
ojos pegados y a tientas por una habitación que olía a preocupaciones y alcohol,
buscó el teléfono entre tanto orden desordenado, y lo descolgó. La voz dormida
de ella se contrapuso al tono firme y claro de él. No hizo falta una larga
conversación, ya se conocían demasiado. Simplemente bastaron unos minutos para
que las pocas ideas ordenadas que quedaban en su cabeza entraran en el caos más
profundo. Para que, por un momento, el mundo se detuviera. Sólo unos minutos.
Entonces el teléfono cayó al suelo. Y comenzó a llover. Llovía mucho.
martes, 17 de julio de 2012
Efímera felicidad.
Felicidad. Meta por antonomasia de
todas y cada una de las personas de este mundo, o al menos eso creemos. La idea
de felicidad, que debería ser individual y propia, se ha estandarizado. Se han creado unos “patrones de felicidad”, el qué
debemos tener o hacer para poder alcanzar esa ansiada meta. Formar una familia,
conseguir un buen trabajo, comprar una buena casa, llevar a tus hijos a un buen
colegio, y un sinfín de objetivos
propuestos incluso antes de que nuestro viaje comience.
“La vida es aquello que pasa, mientras nos empeñamos en hacer planes”, John Lennon.
Pues sí, planeamos
hasta el último detalle de cómo será nuestra vida, de qué queremos, o creemos,
que nos hará felices. Y ahí está el problema.
La vida es transcurso de tiempo,
es una línea que tiene principio y final. Si nos la pasamos pensando en llegar
a una meta, a un punto de esa línea concreto, a aquel donde creemos estará la
verdadera felicidad, nos perdemos el trayecto. Ansiamos tanto llegar a ese
momento, que nos olvidamos de lo bello del presente, pues lo vemos simplemente
como un camino, un esfuerzo que hay que hacer para conseguir nuestra meta.
Estudiamos, con el objetivo de encontrar un buen trabajo. Trabajamos, con el
fin de obtener estabilidad económica que permita tener una buena vida. Cuando
nos damos cuenta, se ha esfumado más de la mitad de nuestra vida y lo único que
hemos hecho ha sido intentar convertirnos en quien queríamos desde un principio
ser, olvidando quien realmente somos.
Y quizá, cuando echemos la vista atrás, sea
demasiado tarde. Quizá tan solo nos queden un montón de recuerdos emborronados
de los que no hemos disfrutado, y un presente que está a años luz de aquello
que considerábamos felicidad.
domingo, 5 de febrero de 2012
El tiempo.
El tiempo. Sí, ese elemento alrededor del cual gira toda nuestra vida. Nos pasamos la vida pensando en él, en qué haremos cuando llegue el verano, qué viajes haremos, o simplemente el qué va a ser de nosotros dentro de unos años, al acabar la carrera.Sin embargo, cuando somos pequeños el tiempo pasa rápido, ligero, sin más preocupación que la aparición de alguna rozadura en una rodilla o un codo, que tan siquiera nos hacen replantearnos el cambiar de juego. Y es que cuando se es pequeño las consecuencias de nuestros actos toman un papel secundario, forman parte del juego y se asumen como tal. Un niño se cae una y mil veces, pero no por eso decide dejar de jugar. A ello se une la seguridad de que después de cada caída siempre estará papá y mamá para curarla y después darnos un beso.Me gustaría volver a ese momento, me gustaría no preocuparme por nada, no pensar en las consecuencias, hacer lo que me apetezca y, si sale mal, levantar, sacudir el polvo y seguir adelante. Y si en algún momento no puedo más, saber que habrá una persona que siempre estará ahí. No para evitar que me caiga, tampoco es que quiera eso, pues si tengo que equivocarme quiero hacerlo, sino para ayudarme a levantar y seguir adelante por mí misma. Alguien que me dé el empujón necesario en el momento necesario, cuando mi mente ya no responda.
Sinceramente, creo que el tiempo, y el paso de éste, está sobrevalorado hoy día. Vivimos ansiosos pensando en el mañana y angustiados recordando el pasado, cuando los mejores momentos están ahí, en ese presente que hoy día se ve tan ignorado.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)

