martes, 17 de julio de 2012

Efímera felicidad.


Felicidad. Meta por antonomasia de todas y cada una de las personas de este mundo, o al menos eso creemos. La idea de felicidad, que debería ser individual y propia, se ha estandarizado. Se han creado unos “patrones de felicidad”, el qué debemos tener o hacer para poder alcanzar esa ansiada meta. Formar una familia, conseguir un buen trabajo, comprar una buena casa, llevar a tus hijos a un buen colegio,  y un sinfín de objetivos propuestos incluso antes de que nuestro viaje comience.
 “La vida es aquello que pasa, mientras nos empeñamos en hacer planes”, John Lennon.

Pues sí, planeamos hasta el último detalle de cómo será nuestra vida, de qué queremos, o creemos, que nos hará felices. Y ahí está el problema.

La vida es transcurso de tiempo, es una línea que tiene principio y final. Si nos la pasamos pensando en llegar a una meta, a un punto de esa línea concreto, a aquel donde creemos estará la verdadera felicidad, nos perdemos el trayecto. Ansiamos tanto llegar a ese momento, que nos olvidamos de lo bello del presente, pues lo vemos simplemente como un camino, un esfuerzo que hay que hacer para conseguir nuestra meta. Estudiamos, con el objetivo de encontrar un buen trabajo. Trabajamos, con el fin de obtener estabilidad económica que permita tener una buena vida. Cuando nos damos cuenta, se ha esfumado más de la mitad de nuestra vida y lo único que hemos hecho ha sido intentar convertirnos en quien queríamos desde un principio ser, olvidando quien realmente somos.

Y quizá, cuando echemos la vista atrás, sea demasiado tarde. Quizá tan solo nos queden un montón de recuerdos emborronados de los que no hemos disfrutado, y un presente que está a años luz de aquello que considerábamos felicidad.