Felicidad. Meta por antonomasia de
todas y cada una de las personas de este mundo, o al menos eso creemos. La idea
de felicidad, que debería ser individual y propia, se ha estandarizado. Se han creado unos “patrones de felicidad”, el qué
debemos tener o hacer para poder alcanzar esa ansiada meta. Formar una familia,
conseguir un buen trabajo, comprar una buena casa, llevar a tus hijos a un buen
colegio, y un sinfín de objetivos
propuestos incluso antes de que nuestro viaje comience.
“La vida es aquello que pasa, mientras nos empeñamos en hacer planes”, John Lennon.
Pues sí, planeamos
hasta el último detalle de cómo será nuestra vida, de qué queremos, o creemos,
que nos hará felices. Y ahí está el problema.
La vida es transcurso de tiempo,
es una línea que tiene principio y final. Si nos la pasamos pensando en llegar
a una meta, a un punto de esa línea concreto, a aquel donde creemos estará la
verdadera felicidad, nos perdemos el trayecto. Ansiamos tanto llegar a ese
momento, que nos olvidamos de lo bello del presente, pues lo vemos simplemente
como un camino, un esfuerzo que hay que hacer para conseguir nuestra meta.
Estudiamos, con el objetivo de encontrar un buen trabajo. Trabajamos, con el
fin de obtener estabilidad económica que permita tener una buena vida. Cuando
nos damos cuenta, se ha esfumado más de la mitad de nuestra vida y lo único que
hemos hecho ha sido intentar convertirnos en quien queríamos desde un principio
ser, olvidando quien realmente somos.
Y quizá, cuando echemos la vista atrás, sea
demasiado tarde. Quizá tan solo nos queden un montón de recuerdos emborronados
de los que no hemos disfrutado, y un presente que está a años luz de aquello
que considerábamos felicidad.
